El hogar debería ser el primer lugar donde aprendemos a sentirnos seguros, escuchados y amados. Sin embargo, también es allí donde, sin darnos cuenta, pueden reproducirse formas de violencia que se han normalizado durante generaciones. Frases, actitudes o comportamientos que muchas veces se justifican como formas de corregir, educar o demostrar autoridad, pueden dejar profundas huellas emocionales en quienes las reciben.